domingo, 25 de septiembre de 2011

José Manuel Othón (1858-1906). El último de los poetas mexicanos clásicos.

En mi último viaje a la bella ciudad de San Luis Potosí, caminando en el centro histórico en una tarde francamente ideal, disfrutando de la arquitectura y la ciudad encontré, por una afortunada casualidad, el Museo-Casa Manuel José Othón. Hasta aquel día no había recibido noticia alguna del poeta por lo que me dispuse a visitar el museo. Una vez dentro me percaté de lo pequeña que es la casa, donde se encuentran ahora expuestos los muebles y enseres de aquellos años a principios del siglo XX, junto con semblanzas y periódicos enmarcados alusivos al poeta y su época acompañando las paredes. Como en todas las casas-museo de escritores que he tenido la oportunidad de visitar, me interesó especialmente buscar el área de estudio, los libreros y escritorio, que como tales no encontramos en las piezas que pueden recorrerse. Mayor suerte se tiene cuando se entra en la biblioteca, pequeña y fresca, en la que podemos ver cuadros, fotografías, bastantes libros y algunos periódicos de la época. Así mismo adquirí una pequeña antología de poemas editada por el gobierno de San Luis Potosí, que ilustra estas líneas. Gracias a aquellos eventos desafortunados que a veces acontecen, en aquel viaje no llevé conmigo mi cámara fotográfica, pero aquí coloco algunas fotografías que podemos encontrar en el portal oficial de la Casa-Museo. Finalmente, descansando en el único patio que posee la casa, se puede leer en una placa uno de los poemas rústicos de José Othón, titulado El perro, que forma parte de Noche rústica de Walpurgis. No obstante, me parece que aquella placa hubiese sido más digna de Envío, último soneto de Idilio Salvaje en el Desierto, el mejor poema de Manuel José Othón: "En tus aras quemé mi último incienso / y deshojé mis postrimeras rosas. / Do se alzaban los templos de mis diosas / ya sólo queda el arenal inmenso. / Quise entrar en tu alma, y qué descenso, / ¡qué andar por entre ruinas y entre fosas! / ¡A fuerza de pensar en tales cosas / me duele el pensamiento cuando pienso!  



Museo-Casa Manuel José Othón, San Luis Potosí, México

Antonio Castro Leal (1985), nos comenta que Manuel José Othón es uno de los grandes poetas mexicanos que apenas es leído y apreciado, aunado a que es poco conocido en el extranjero. Es recurrente la consideración de que su obra trasciende únicamente por una docena de poemas.  Joven alumno del Seminario Conciliar en la ciudad de San Luis Potosí, estudió latín y obras literarias clásicas, produciendo sus primeros versos a los trece años. En su etapa madura desempeño diversos cargos administrativos y judiciales. A los 22 años publicó su primer poemario Poesía (1880), todavía como estudiante de derecho en el Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí. El poemario contiene gran variedad de estilos métricos: romances, redondillas, cuartetas, quintillas, décimas, liras, sonetos, silvas, octavas reales, tercetos y verso blanco. Sin embargo, Castro Leal considera que Poesía fue un libro de un poeta joven y estudioso, que no anunciaba aún al gran poeta futuro. Por otra parte, Manuel José Othón escribió teatro y cuento. En 1887 estrenó el drama Herida en el corazón, y en 1888 La sombra del hogar y La cadena de flores. En 1902 publicó Poemas rústicos, que contiene 25 poemas, su tirada fue de 500 ejemplares según nos dice Castro Leal. El poeta potosino desconoció aquí su obra poética anterior declarando que se trataba de “el primero de los cuatro volúmenes de que consta mi obra lírica”. Por otra parte, Othón define en esta obra la relación del arte con la religión, ya que su poesía se caracteriza por una religiosidad acentuada: “el Arte es religión, en cuanto a Belleza y en cuanto a Verdad, y uno de los vínculos, acaso el más fuerte, que nos liga con la eterna Verdad y con la Belleza Infinita […].”
Respecto a su obra poética, Castro Leal afirma: “Othón logró expresar, en un verso de música perfecta, un sentimiento hondo y dramático de la naturaleza; en la infinita variedad de sus formas, en sus cambios y estaciones, en la gloria de sus luces y el terror de sus sombras y negruras, encontró imágenes para las inquietudes y torturas del alma, para las vicisitudes y los consuelos de la vida.” Por su parte Alí Chumacero (1996) consideró a Manuel José Othón como uno de los últimos poetas románticos con formación clásica del México de fines del siglo XIX y principios del XX. Un poeta solitario, como su contemporáneo el poeta Salvador Díaz Mirón, quien le profesó respeto y admiración, al grado de que comentó, no sin cierta sobre afectación y referencia a su vida confesional: “Manuel José Othón tiene seis alas blancas como los serafines”. Afín a la vida campesina, distanciado de los centros culturales, inspirado por el ambiento bucólico y natural, tal como lo expresan los primeros versos de su Himno de los bosques: “En este sosegado apartamiento, / lejos de cortesanas ambiciones, / libre curso dejado al pensamiento/ quiero escuchar suspiros y canciones / […]”.
Antología poética  (1978), selección de Jesús Medina, editada por el Gobierno de San Luis Potosí.
Con una formación clásica y un característico tradicionalismo, que expresa su poesía, como lo identificó Alfonso Reyes, José Othón rechazó el modernismo literario y poético de ascendencia francesa que comenzaba a predominar en la literatura hispanoamericana de la época, por lo que se convertiría en enemigo de Amado Nervo y Rubén Darío. En una nota al lector que nos introduce a sus Poemas rústicos (1902), expresa su intención de no seguir con la tendencia de la época: “La Musa no ha de ser un espíritu extraño que venga del exterior a impresionarnos, sino que ha de brotar de nosotros mismos para que, al sentirla en nuestra presencia, en contacto con la Naturaleza, deslumbradora, enamorada y acariciante, podamos exclamar en el deliquio sagrado de la admiración y el éxtasis […]”. Manuel José Othón es un poeta clásico en términos expresivos y técnicos, exigencias poéticas y líricas que serían negadas en las décadas siguientes por los movimientos vanguardistas.
Museo-Casa Manuel José Othón, San Luis Potosí, México

Por otra parte, la concepción del arte de Othón aparenta un elitismo: “paréceme que el ideal estético de todas las épocas, y especialmente de la actual es que el arte ha sido y debe ser impopular, inaccesible al vulgo.” El público del arte es, desde su punto de vista, las “inteligencias educadas y los espíritus sensibilizados”, siendo una desgracia para el artista “saber que una estrofa, una melodía, un cuadro o un bloque nuestros, están en los labios, en los oídos, en la memoria, en la oficina o en el boudoir de damás frívolas, de letrados indoctos, de escritores ignaros y jóvenes sentimentales”. No obstante, el espíritu de aquella declaración debe entenderse como la negación de la adecuación del arte a la cultura de las masas, sin postular por ello que el público de la creación artística sean sólo “los iniciados en las fórmulas técnicas del procedimiento”. Esta declaración expresa el deseo de que las masas asciendan a un nivel cultural propio para la apreciación del arte. Othón no niega la cultura popular, al contrario, eleva a un nivel poético el mundo rural, sus narraciones, leyendas y ambiente, que podemos apreciar nítidamente en los sonetos de su Noche rustica de Walpurgis.

Placa en el patio del Museo-Casa con el soneto "El Perro", parte de "Noche rústica de Walpurgis".

Recordemos que otros autores modernistas integraron elementos populares a su producción artística, como en el caso de T.S. Eliot que intentó incorporar el ritmo de la música popular londinense a sus poemas. Por otra parte, esta visión ciertamente fue rebasada por el proceso de fusión entre la cultura de masas y la cultura de élite que comporta el movimiento artístico posmoderno, el giro cultural (Jameson, 2002), inaugurado por la serie de litografías de Andy Warhol y que caracteriza al art pop en general. Aunque este proceso no deja de tener sus detractores, como el filósofo francés Jean-Franҫois Lyotard, quien encuentra en este movimiento la muerte de la estética de lo sublime bajo un arte pornográfico que persigue satisfacer el “deseo endémico de realidad” de las masas.


Antología poética  (1978), selección de Jesús Medina, editada por el Gobierno de San Luis Potosí. 




En la Antología literaria de autores mexicanos (1962), Sergio Howland clasifica al poema Idilio Salvaje  como moderno.


Ahora bien, “Idilio Salvaje” es poema considerado unánimemente como la obra maestra de Manuel José Othón. Castro Leal nos comenta que Pedro Henríquez Ureña lo incluyó en su antología Cien de las mejores poesías castellanas (1931), por otro lado Salvador Díaz Mirón lo sabía de memoria y se complacía en recitarlo. Por mi parte, he encontrado el poema también en la Antología literaria de autores mexicanos (1962) de Sergio Howland Bustamante, al que incluye en la sección Modernismo, que como mencionamos fue una tendencia literaria atacada en su momento por Othón, no obstante existe el acuerdo interpretativo de que en su Idilio Salvaje emplea elementos expresivos propios de esta corriente, de tal modo que Hugo Gutiérrez Vega (2005) nos comenta que, finalmente Othón: “incursionó por los aires del modernismo del que abominaba”.

Fernández Moreno (1962) afirma: “Descubrir o comprender un soneto significa pasar, a su través, hasta la vivencia originaria, hasta el conjunto de actos que lo han producido.” Medina Moreno comenta el conflicto moral que dio pábulo al poema, “acaso el más intenso y desgarrador de nuestra poesía”. Manuel José atribuye la historia a Alfonso Toro, para ocultar a doña Josefa Jiménez de Othón sus devaneos. Medina Moreno nos dice que escuchó a Alfonso Reyes comentar que la “india brava” del Idilio no era tal, sino “una mujer blanca como la leche y rubia como la miel, que estaba cerca de la casa y de la familia política del poeta.” Por su parte, Castro Leal lo caracteriza como un poema que expresa una dualidad trágica: amor y arrebato; sensualidad y dolor; vergüenza y decepción. 


Idilio Salvaje en  Poesías y cuentos (1985),  con estudio y notas de Antonio Castro Leal.


En su análisis de “Idilio Salvaje en el Desierto” Chumacero lo define como un expresión furiosa de la desilusión amorosa de un poeta académico, tradicionalista y católico. Un poema cuyos sonetos son recorridos por un amargo “soplo dantesco”. El carácter melancólico y trágico es característico de la poesía othoniana, lo que podemos percibir desde sus primeros poemas, aunado a su acentuado catolicismo: “Ay, si el remordimiento en mí persiste, / es un instante nada más. Inerte/ queda mi alma después, y hasta la muerte/ siempre desconsolada y siempre triste” (Salmo).

El primer cuarteto del segundo soneto contiene dos de los versos ónticos en los que el poeta invita a mirar "el paisaje, árido y triste, inmensamente triste", la "helada soledad" de una existencia melancólica y esteparia. No obstante, en los siguientes versos advierte: "Si vienes del dolor y en él nutriste/ tu corazón, bien vengas al salvaje desierto [...] Mas si acaso no vienes de tan lejos/ y en tu alma aun del placer quedan los dejos, puedes tornas a tu revuelto mundo". Una vez declarada la advertencia, cual inscripción en la puerta infiernal narrada por Dante, aquella "india brava" irgue su "talla escultural y fina como un relieve en el confín impreso", cuyos ojos son "un dardo negro de pasión y enojos/ que en mi carne y espíritu se clavan".

El clímax de Idilio salvaje, se expresa en el último terceto del soneto IV: "las lianas de tu cuerpo retorcidas/ en el torso viril que te subyuga/ con una gran palpitación de vidas". No obstante, en aquella "estepa maldita" amargamente la sombra "avanza, avanza, avanza". La angustia y la opresión existencial acompañan trágicamente a la pasión idílica. El poeta es oprimido por la desesperanza y la desolación, en la inmensidad no puede más que encontrar "el desierto, el desierto...y el desierto". Aquella "india brava", se aleja finalmente del poeta. La planicie verbera su "ardiente cabellera, como una maldición". El poeta sólo espera en su desolación "una eterna nostalgia de esmeralda". Antes de que el olvido y la oscuridad terminen por devorarlo, termina por exclamar: "Do se alzaban los templos de mis diosas/ ya sólo queda el arenal inmenso [...] Y en mí ¡qué hondo y tremendo cataclismo!/ ¡qué sombra y qué pavor en la consciencia/ y qué horrible disgusto de mí mismo!".

IDILIO SALVAJE

A fuerza de pensar en tus historias
y sentir con tu propio sentimiento
han venido a agolparse al pensamiento
rancios recuerdos de perdidas glorias.

Y evocando tristísimas memorias,
porque siempre lo ido es triste, siento
amalgamar el oro de tu cuento
de mi viejo román con las escorias.

¿He interpretado tu pasión? Lo ignoro,
que me apropio al narrar, algunas veces, 
el goce extraño y el ajeno lloro.

Sólo sé que, si tú los encareces
con tu ardiente pincel, serán de oro
mis versos, y esplendor sus lobregueces. 

I

¿Por qué a mi helada soledad veniste
cubierta con el último celaje
de un crepúsculo gris?... Mira el paisaje,
árido y triste, inmensamente triste.

Si vienes del dolor y en él nutriste
tu corazón, bien vengas al salvaje
desierto, donde apenas un miraje
de lo que fue mi juventud existe.

Mas si acaso no vienes de tan lejos
y en tu alma aún del placer quedan los dejos,
puedes tornar a tu revuelto mundo.

Si no, ven a lavar tu ciprio manto
en el mar amarguísimo y profundo
de un triste amor o de un inmenso llanto.

II

Mira el paisaje: inmensidad abajo,
inmensidad, inmensidad arriba;
en el hondo perfil, la sierra altiva
al pie minada por horrendo tajo.

Bloques gigantes que arrancó de cuajo
el terremoto, de la roca viva;
y en aquella sabana pensativa
y adusta, ni una senda ni un atajo.

asoladora atmósfera candente
de se incrustan las águilas serenas
como clavos que se hunden lentamente.

Silencio, lobreguez pavor tremendos
que viene sólo a interrumpir apenas
el balope triunfal de los berrendos.

III

En la estepa maldita, bajo el peso
de sibilante grisa que asesina,
irgues tu talla escultural y fina
como un relieve en el confín impreso.

El viento, entre los médanos opreso,
canta como una música divina,
y finge bajo la húmeda neblina,
un infinito y solitario beso.

Vibran en el crepúsculo tus ojos,
un dardo negro de pasión y enojos
que en mi carne y mi espíritu se clava;

y destacada contra el sol muriente,
como un airón, flotando inmensamente,
tu bruna cabellera de india brava.


IV

La llanura amarguísima y salobre,
enjuta cuenca de océano muerto,
y en la gris lontananza, como puerto,
el peñascal, desamparado y pobre.

Unta la tade en mi semblante yerto
aterradora lobreguez, y sobre
tu piel, tostada por el sol, el cobre
y el sepia de las rocas del desierto.

Y en el regazo donde sombra eterna,
del peñascal bajo la enorme arruga,
es para nuestro amor nido y caverna,

las lianas de tu cuerpo retorcidas
en el torso viril que te subyuga,
con una gran palpitación de vidas.

V

¡Qué enferma y dolorida lontananza!
¡Qué inexorable y hosca la llanura!
Flota en todo el paisaje tal pavura
como si fuera un campo de matanza.

Y la sombra que avanza, avanza, avanza,
parece, con su trágica envoltura,
el alma ingente, plena de amargura,
de los que han de morir sin esperanza.

Y allí estamos nosotros, oprimidos
por la angustia de todas las pasiones,
bajo el peso de todos los olvidos.

En un cielo de plomo el sol ya muerto,
y en nuestros desgarrados corazones
¡El desierto, el desierto... y el desierto!

VI

¡Es mi adiós...! Allá vas, bruna y austera,
por las planicies que el bochorno escalda,
al verberar tu ardiente cabellera,
como una maldición, sobre tu espalda.

En mis desolaciones ¿qué te espera?
-ya apenas veo tu arrastrante falda-
una deshojazón de primavera
y una eterna nostalgia de esmeralda.

El terremoto humano ha destruido
mi corazón y todo en él expira.
¡Mal hayan el recuerdo y el olvido!

Aún te columbro, y ya olvidé tu frente;
sólo, ay, tu espalda miro cual se mira
lo que huye y se aleja eternamente.

ENVÍO

En tus aras quemé mi último incienso
y deshojé mis postrimeras rosas.
Do se alzaban los templos de mis diosas
ya sólo queda el arenal inmenso.

Quise entrar en tu alma, y qué descenso,
¡qué andar por entre ruinas y entre fosas!
¡A fuerza de pensar en tales cosas
me duele el pensamiento cuando pienso!

¡Pasó...! ¿Qué resta ya de tanto y tanto
deliquio? En ti ni la moral dolencia,
ni el dejo impuro, ni el sabor del llanto.

Y en mi ¡qué hondo y tremendo cataclismo!
¡Qué sombra y qué pavor en la conciencia,
y qué horrible disgusto de mi mismo!


Referencias

Chumacero, Alí (1996), Los momentos críticos, Fondo de Cultura Económica, México.


Fernández Moreno (1962), Introducción a la poesía, Fondo de Cultura Económica, México.


Gutiérrez V., Hugo (2005), Acercamientos a Manuel José Othón, serie en nueve partes publicada en el suplemento cultural La Jornada Semanal, núm. 546-554, México.


Howland B., Sergio (1962), Antología literaria de autores mexicanos, Trillas,  México.


Othón, Manuel José (1978), Antología poética, Prólogo y selección de Jesús Medina Romero, Gobierno Constitucional del Estado de San Luis Potosí.


— (1985), Poesías y cuentos. Selección, estudio y notas de Antonio Castro Leal, Porrúa, México.

José Lira Rosiles, 2011.

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