sábado, 9 de noviembre de 2013

Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la posmodernidad, el posmodernismo y la posmodernización? José Lira Rosiles.

E
Salvador Dalí, 
Modern Rhapsody - The Seven Arts, 1957
l término posmodernidad ha generado un debate caleidoscópico que comprende campos que van desde la literatura, pintura, arquitectura, música y cine, es decir, el campo estético, hasta el filosófico, científico y sociopolítico. Este debate ha sido comparado con un dibujo encriptado (Wellmer, 1993:52) y con un puzle (Lyon, 2005:33).[1] No es la intención, ni el espacio lo permite, abarcar en su totalidad un debate tan extenso como comprensivo, que abarca tan diversas disciplinas, y en del cual se ha vertido un auténtico río de tinta. David Lyon, en su obra Posmodernidad (2005), afirma que intenta lo imposible: exponer brevemente qué es la posmodernidad, precaución que retomamos aquí.

La intención es introducirnos, en términos generales, al contexto en el cual este debate surge para analizar las principales definiciones y caracterizaciones del pensamiento posmoderno. Considero esencial analizar los conceptos de tres de los principales exponentes de esta corriente: Jean-François Lyotard, Gianni Vattimo y Fredric Jameson. El propósito es construir un concepto de posmodernidad con el fin de emplearlo en este estudio, intentando con ello evitar la ambigüedad o su entendimiento desde los diversos significados y caracterizaciones que puede tener en función de la corriente o disciplina en que se le interprete. No obstante, este estudio no se llevará cabo desde la perspectiva de construir una síntesis de las estrategias o teorías posmodernas, cuestión extremadamente difícil e incluso muy probablemente imposible, en función de las paradojas, contradicciones y antinomias dentro del pensamiento posmoderno.[2]

Por otra parte, entre los estudiosos de la posmodernidad existe un debate en torno a la pertinencia de conferir un estatus conceptual al término, cuando no de plano se le niega. En palabras de Urdanibia (1990: 45), ha predominado un uso operativo del término, más que un uso analítico. Es decir, se ha utilizado el término para denotar un cierto estado, condición o conciencia, más que una realidad histórica plenamente establecida e identificable. Lo que aquí se pretende es conceptualizar a la posmodernidad de modo que podamos emplear el término con fines tanto operativos como analíticos. En suma, conceptualizar aquél dibujo encriptado o puzzle que es el pensamiento posmoderno.  Enseguida, entonces, analizaré los distintos conceptos de posmodernidad de tal modo que, entre la diversidad de planteamientos, podamos encontrar la estructura o los ejes fundamentales del pensamiento posmoderno, que lo distinguen claramente de la modernidad y el modernismo.

1.1 Las teorías de la posmodernidad de Jean- François Lyotard, Gianni Vattimo y Fredric Jameson

Esencialmente, el posmodernismo temprano fue considerado como un movimiento estético, con manifestaciones que se hicieron notar de modo prioritario en la arquitectura y en la literatura, posteriormente en música, pintura y cine. Poco después esta corriente de pensamiento se expresó en el campo de la filosofía, las ciencias sociales y la política (Von Beyme, 1991; Anderson, 2000; Liessmann, 2006). Algunas veces es entendido como sinónimo de posestructuralismo francés e identificado con la obra filosófica de Michel Foucault, Jacques Derrida, Jean Baudrillard, Emmanuel Lévinas y Gilles Deleuze. Las obras de otros pensadores han sido identificadas como parte de las teorías posmodernas, aunque éstos se han distanciado del concepto: Niklas Luhmann, Ulrich Beck, Richard Rorty y Zygmunt Bauman (Urdanibia, 1994:64; Lyon, 2005:35).

Albrecht Wellmer, en su análisis acerca de ese dibujo encriptado que es el pensamiento posmoderno, encuentra en Jean-Franҫois Lyotard la “más completa expresión hasta la fechadel «movimiento de búsqueda» de esta corriente (1993: 58). Por otra parte, Perry Anderson señala que La condition posmoderne fue la primera obra filosófica que adoptó la noción de posmodernidad, la cual denotaba para Lyotard una trasformación general de las circunstancias humanas; por otro lado, señala que “hasta el día de hoy sigue siendo quizá el libro más citado sobre el tema” (2000: 40). En este sentido, David Lyon comenta que esta obra popularizó el terminó posmodernidad (2005: 34). Por lo tanto, en esta investigación considero indispensable estudiar el pensamiento de este filósofo francés, cuya obra suscitó un encendido debate en el que el filosofo alemán Jürgen Habermas encabezó la crítica.

Jean-Franҫois Lyotard, en La condition posmoderne (1998a),[3] define a la posmodernidad como: “El estado de la cultura después de las transformaciones que han afectado a las reglas del juego de la ciencia, de la literatura y de las artes, a partir del siglo XIX”. Estas transformaciones son en el campo económico lo que Daniel Bell y Alain Touraine denominaron sociedad posindustrial. Lyotard analiza en esta obra las consecuencias de estos cambios en términos culturales, específicamente en relación con el saber, es decir, la epistemología. Por otra parte, en la obra de Lyotard se articula una visión de lo posmoderno que no responde a una delimitación temporal estricta, en cambio, afirma que posmoderno no significa reciente, ni tampoco una época, sino: “otro estado de la escritura, en sentido amplio” (1998b: 71); “Más bien un modo (es el origen latino de la palabra) en el pensamiento, en la enunciación, en la sensibilidad” (1999: 35). El pos indica una conversión, una nueva dirección, dentro de una sucesión diacrónica de períodos, esto es, dentro de una concepción no lineal del tiempo (1999: 90). El término posmodernidad entonces es utilizado por Lyotard para denominar un cierto estado, denota una sensibilidad de que algo no marcha ya en la modernidad, por lo que el estado del pensamiento posmoderno es, precisamente, la crisis de la modernidad (1998b: 74). En este sentido, el concepto de posmodernidad en Lyotard, más que ser producto de una conceptualización sistemática, es decir más que ser un término analítico, es un término operativo y, por otra parte, más que señalar una «nueva época» denota una condición (Urdanibia, 1994: 42).

El concepto de posmodernidad es desarrollado por Lyotard en dos dimensiones: la estética (literatura, cine, pintura) y la epistemológica (cuestión de la legitimación del saber). En términos del arte, el concepto de posmodernidad es orientado a dar cuenta de lo impresentable en la representación misma a través de una estética de lo sublime, ámbito creativo de la posmodernidad, en oposición a la nostalgia o melancolía del arte moderno. Dentro de la segunda dimensión, el saber, el análisis se enfoca a la «crisis de las metanarraciones» y al dominio de los «criterios performativos» en la  investigación científica, para poner énfasis nuevamente en la faceta creativa de lo posmoderno, específicamente con relación a la proposición de «nuevas reglas de juego».

Lyotard vincula la cuestión del saber con el problema de la legitimación, siendo fundamental este concepto para el entendimiento de la noción del «fin de las metanarraciones». El saber no es entendido aquí únicamente como el saber científico, sino que comprende la ética y la moral, es decir, la filosofía. Lyotard postula que el estatuto del saber se encuentra desequilibrado y su unidad especulativa rota. Este desequilibrio es analizado principalmente en cuanto a la relación conflictiva entre saber científico y saber narrativo. La cuestión de la legitimación se produce en la ciencia en cuanto ésta no sólo está interesada en enunciar regularidades sino que busca lo verdadero y, en este sentido, el saber científico no puede determinar lo verdadero sin recurrir a otro saber: el narrativo.[4]  La ciencia moderna es, para Lyotard, una clase de discurso que recurre a metarrelatos para justificarse, estos son: la dialéctica del espíritu, la hermenéutica del sentido y la emancipación del sujeto razonante o trabajador.[5]  Por metarrelato o gran relato, Lyotard entiende a las narraciones que tienen función legitimante o legitimatoria. John Stephens y Robyn McCallum señalan al respecto que las metanarraciones o los metarrelatos son “un esquema de cultura narrativa global o totalizador que organiza y explica conocimientos y experiencias” (1998: 6); un ejemplo extraordinario de ello –pero no único– es la ciencia constituida en la cultura occidental –sobre todo con el triunfo del paradigma empirista en el siglo XX– la cual se asume como neutra, rigurosa y universal.[6]

Precisamente, la Idea de metarrelato proporciona legitimidad porque invoca lo universal; es la base del proyecto de la modernidad (la realización de la universalidad). Lyotard considera que el origen filosófico del metarrelato se encuentra en la escatología cristiana que la modernidad laica comporta. ¿En qué consiste la escatología propia del metarrelato? El dispositivo escatológico: “narra la experiencia de un sujeto afectado por una falta y profetiza que esta experiencia acabará en los confines de los tiempos con la remisión del mal, la destrucción de la muerte y la vuelta al hogar del Padre” (1998b: 71). Es así, como podemos encontrar los primeros rasgos de la modernidad en el trabajo realizado por Pablo de Tarso (el apóstol) y San Agustín, en el sentido de haber adaptado la tradición clásica pagana y la escatología cristiana. De este modo, el gran relato moderno contiene, secularizado, el dispositivo escatológico cristiano. Por ejemplo, en el caso del gran relato del marxismo el dispositivo escatológico lo constituye la promesa de la sociedad sin clases, antes que la familia, la propiedad y el Estado (Lyotard, 1998b: 72). Esta temporalidad paulatinamente liberadora, es característica de la noción lineal del tiempo en la modernidad, a la cual Giacomo Marramao (1998: 155) y Gianni Vattimo (1996: 15), junto con Lyotard, encuentran su origen en la concepción escatológica propia del cristianismo y el hebraísmo (Éxodo como relato de liberación y redención; historia como relato de la salvación-redención). 

Lyotard afirma que el proyecto de la modernidad no ha sido abandonado ni olvidado sino que ha sido liquidado por sus efectos prácticos.[7] Uno de estos efectos, es Auschwitz: se trata del crimen que abre la posmodernidad. Otro factor que da razón de esta liquidación es el triunfo de la tecnociencia capitalista, cuyos progresos materiales no vienen acompañados de una mayor libertad, ni de un caudal de riqueza mayor y mejor distribuida. La liquidación del proyecto de la modernidad acelera el proceso de deslegitimación del que da testimonio lo posmoderno. En este sentido, de acuerdo con Lyotard, simplificando al extremo, podemos definir como posmoderna la incredulidad respecto a los metarrelatos: “la función narrativa pierde a sus functores[8], el gran héroe, los grandes peligros, los grandes periplos y el gran propósito” (1998a: 10).[9] En función de lo anterior, Lyotard comenta que se han producido lamentaciones por la pérdida de sentido que la posmodernidad entraña. Este lamentarse consiste en dolerse porque el saber ya no sea principalmente narrativo, no obstante esto es una inconsecuencia. Es una inconsecuencia porque el saber narrativo no valora el problema de su propia legitimación, sino que ésta se acredita así misma a través de la pragmática de su transmisión, sin recurrir a la argumentación y transmisión de pruebas.[10] Si el científico interroga al saber narrativo encontrará que este no está sometido a argumentaciones o pruebas. Esto, en general, no significa que no haya relatos que no puedan ser creíbles, la decadencia de los grandes relatos no impide que existan millares de historias y narraciones que forman parte del entramado de la vida cotidiana.

La deslegitimación de los metarrelatos tiene su correspondencia en la crisis de la filosofía metafísica y en la institución que la sustentaba, basada en el modelo especulativo originado en la Universidad alemana de principios del siglo XIX. Estas transformaciones en el campo del saber, son consecuencia directa de la transición a la edad posindustrial, cuyo correlato cultural es la posmodernidad. Lyotard identifica a la década de 1950 como el inicio de estas transformaciones en Europa. Las innovaciones tecnológicas inciden sobre el saber científico, en la era posindustrial predomina el saber como valor de cambio, esto es como producción para el consumo. Lo que observa Lyotard es una creciente exterioridad del saber respecto al sabiente, en la que queda disociada la relación entre saber adquirido y la formación (Bildung) del espíritu.[11] Más importante aún, el saber adquiere importancia como mercancía informacional indispensable para la producción y las decisiones de gobierno, por lo que éste se encuentra, en la sociedad posindustrial, en el centro de la competición mundial por el poder. Otro factor es el redespliegue del capitalismo liberal avanzado después de la crisis del keynesianismo y del comunismo real, que conllevaron a un auge del individualismo consumista. Así, en el ámbito de los sujetos, la crisis de las grandes narraciones determina que los objetivos teleológicos son confiados a cada individuo, con lo que cada uno se ve “remitido a sí mismo, sabiendo que ese 'si mismo’ es poco. No obstante, estos son dos factores que explican sólo en parte este proceso de deslegitimación, el cual halla sus gérmenes en el nihilismo inherente a los grandes relatos producidos en el siglo XIX.

El principio de legitimidad, después del ocaso de los metarrelatos reside en el criterio de performatividad, es decir, en el criterio de la eficiencia. Cuando el Estado y las empresas han abandonado el relato de legitimación en cualquiera de sus versiones, Lyotard afirma que lo único creíble es el poder. La legitimación reside ahora en el poder, basado en la performatividad, en la optimización de las actuaciones. Finalmente, Lyotard advierte que de este cuadro se puede inferir una impresión pesimista, dada la renuncia al proyecto moderno de emancipación universal. Los diálogos y proyectos son remitidos al ámbito local, particular, nunca a lo universal, entendido como unidad de lo diverso, como política del terror. Lyotard comenta que este pesimismo constituyó la inspiración de la generación de comienzos del siglo XX en Viena: Musil, Kraus, Loos, Schoenberg y filósofos como Mach y Wittgenstein.   

Siguiendo el razonamiento expuesto por Lyotard, Gianni Vattimo (1990: 73) reafirma el concepto de posmodernidad y la idea de que la modernidad ha concluido. Aquí, el tránsito de la sociedad moderna a la posmoderna se vincula directamente con la crisis del concepto de «Historia». Vattimo denuncia el carácter ideológico de éste, siendo que el concepto hegemónico de historia se encuentra centrado en occidente. Este concepto de historia es unificador, y posee la pretensión de ser un punto de vista supremo (Vattimo, 1996: 13). No hay historia única, sino una diversidad de imágenes del mundo propuestas desde diversos enfoques (Vattimo, 1990: 76). Lo central es que la crítica al concepto de historia conlleva a la crisis de la idea de progreso. La historia, entonces, no avanza hacia un fin, no realiza un «plan de emancipación». Así, la historia es denunciada por Vattimo como una construcción de occidente, donde predomina un cierto ideal de hombre, en suma, un particularismo con pretensiones de universalidad.[12] De este modo, la poshistoria representa el carácter de la posmodernidad y su «ruptura radical» con la modernidad.

En términos sociales, la posmodernidad emerge con el predominio de los mass media, lo que es denominado por Vattimo como la irrupción de « la sociedad de comunicación».[13] Ésta se caracteriza por “la intensificación del intercambio de informaciones y por la tendencial identificación (televisión) entre acontecimiento y noticia” (Vattimo, 1990: 89). El efecto directo de los mass media ha sido la «explosión», la «exteriorización», de Weltanschauungen (concepciones del mundo). Cuando diversas subculturas pueden tomar la palabra, el efecto general es que la sociedad se exterioriza como compleja-caótica, no como más informada o más ilustrada, lo que no permite hablar de una «sociedad transparente» (1990: 78). Lo determinante en el paso a la sociedad posmoderna, es la multiplicación vertiginosa de las comunicaciones, que hace posible la exteriorización y confluencia de diversos discursos y subculturas. En lo anterior, debemos entender la idea lyotardiana de fin de las metanarraciones a las que Vattimo concibe como concepciones unitarias. Lo que Vattimo ataca es el principio de una realidad. ¿En qué sentido se entiende lo anterior? Se entiende como el dominio de una concepción única de la realidad, interpretación o Weltanschauung. Vattimo crítica esta realidad y la relaciona con el concepto lyotardiano de nostalgia: su ataque es contra una realidad, sólida, unitaria, estable y «autorizada». La realidad posmoderna sería entonces producto del cruzamiento de múltiples imágenes, interpretaciones y re-construcciones, distribuidas por los mass media en su lógica de competencia y, lo más interesante, sin coordinación central 

Hasta aquí, la posmodernidad en voz de Lyotard y Vattimo. Analizaremos ahora la obra de Fredric Jameson, de quien Perry Anderson comenta: “Ningún otro autor ha producido una teoría tan penetrante o general de las dimensiones culturales, socioeconómicas y geopolíticas de la posmoderno.[14] Por otra parte,  Von Beyme considera que su obra constituye una especie de marxismo posmodernizado (1991: 155).[15] Fredric Jameson, en su obra  Una modernidad singular (2004), afirma que no es posible simplemente continuar con la modernidad como si no hubiesen sucedido transformaciones que han configurado lo que se denomina posmodernidad, por lo que establece como cuarta máxima de la modernidad: “Ninguna «teoría» de la modernidad tiene hoy sentido a menos que se pueda aceptar como hipótesis de una ruptura posmoderna con lo moderno” (2004: 86). 

Fredric Jameson rechaza restringir a la posmodernidad en el ámbito de la ideología cultural o como descripción de una determinada estética o estilo (1991a: 101; 2002: 17), su hipótesis es que la posmodernidad es producto de las transformaciones en el orden social y económico que se ha denominado también sociedad posindustrial; de consumo; del espectáculo o de los medios de comunicación. Jameson considera a la posmodernidad como un concepto periodizador, que da cuenta de las pautas culturales de esta nueva etapa del capitalismo, de la transformación del modo de producción capitalista después de la Segunda Guerra Mundial, denominada también como “capitalismo tardío o multinacional”. Jameson, parte de la teoría de Ernst Mandel, desarrollada en su obra Late capitalism, en la que definió una tercera fase del capitalismo originada en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, aunque rechaza que deba designarse esta etapa como “posindustrial”, sino como capitalismo multinacional, ya que este concepto denota la ampliación del capital hasta territorios antes no mercantilizados. Por otra parte, esta tercera fase del capitalismo se caracteriza también por una gran red informática y comunicacional descentralizada (1991a: 85). Siguiendo la teoría de Mandel, Jameson establece que la posmodernidad es la lógica cultural del capitalismo avanzado. Durante la década de los setenta, señala, se establece un nuevo orden internacional, caracterizado por la dominación económica y militar de Estados Unidos en el que surgen procesos como el neocolonialismo, la Revolución Verde, los avances tecnológicos e informáticos, la globalización, el consumo de masas, la escisión entre capital financiero y capital productivo y, la comercialización de la cultura. En este período surge un nuevo tipo de sociedad,  y de acuerdo con Jameson, en este diagnóstico coinciden pensadores tanto marxistas como no marxistas.

Jameson afirma que el posmodernismo no es concepto aceptado, tampoco es entendido de manera generalizada. Crítica su repudio facilista y complaciente, así mismo, califica como corrupta cualquier celebración igualmente facilista de la posmodernidad (2002: 49; 1991b: 101). Admite que, como cualquier otro, se ha cansado del eslogan del posmodernismo, deplorando sus giros y usos incorrectos, además de que es un concepto que “plantea más problemas que los que resuelve”. No obstante, defiende el concepto, ya que caracteriza la situación de manera eficaz y económica: “Tenemos que ponerle un nombre al sistema” (2002: 74). Ahora bien, lo fundamental en el concepto de posmodernidad según Jameson, es que tiene consecuencias políticas, ya que las diversas posiciones que se adopten hacia él implica la articulación de visiones de la historia en las que se evalúa el momento social en el que vivimos. Desde este enfoque es como Jameson evalúa el pensamiento de Lyotard, del que, afirma, no puede analizarse adecuadamente en términos únicamente estéticos, sino que lo central es que éste diagnóstica un nuevo sistema social más allá del capitalismo clásico. De este modo, problemas aparentemente sólo estéticos tienen consecuencias políticas, concretamente, Jameson identifica a las tendencias posmodernas con los procesos de descentralización y con la institucionalización de grupos pequeños (2002: 70). Por otra parte, coincide con Lyotard en su noción de crisis de la metanarraciones, vista por él como una crisis de los cánones, ya que en la sociedad posmoderna no existen lenguajes normativos en términos globales, ya que los mismos pasan a ser uno más entre todos los estilos locales-tribales.

Jameson identifica y adjetiva diversas posturas y análisis sobre la posmodernidad, entre ellas: la antimoderna representada por Ihab Hassan; la proposmoderna de Tom Walfe; la premoderna de Jürgen Habermas y; la antiposmoderna, también de Habermas. Para Jameson lo fundamental de estas cuatro posturas es la aceptación que hacen de forma explícita o implícita del término posmodernidad, ya que coinciden en el diagnóstico de una ruptura entre los momentos moderno y posmoderno, independientemente de la evaluación que hagan de ambos (2002: 45), por otro lado, considera que estas posturas son “susceptibles de una expresión políticamente progresista o políticamente reaccionaria”.

En términos sociales, en la posmodernidad surgen fenómenos como la aparición de nuevos tipos de consumo; un ritmo cada vez más rápido de cambios en la moda y los estilos; la penetración de los medios de comunicación en la sociedad en general; y el desarrollo de las grandes supercarreteras y la cultura del automóvil (2002: 37). En términos estéticos, Jameson afirma que el posmodernismo puede encontrarse en todas las artes: En arquitectura, Robert Venturi, Charles Moore, Michael Graves y Frank Gehry; en cuyos edificios la percepción del volumen y el espacio se desvanecen, pero más importante aún, es su carácter populista, con la generación de una corriente denominada arquitectura pop, cuyas obras se encuentran insertadas en zonas comerciales, de comida rápida y zonas de moteles, en este sentido, un edificio emblemático del posmodernismo es el Bonaventura Hotel, de John Portman en Los Angeles. Lo que distingue a la arquitectura posmoderna de la moderna es el abandono de la aspiración utópica del espacio arquitectónico (2002: 50; 1991a: 88); en poesía, John Ashbery; en pintura, Andy Warhol y en general el arte pop;[16] en música, John Cage, el rock punk y el new wave; en el cine, Jean-Luc Godard;[17] y en literatura la nueva novela francesa (2002: 17)[18]. La década de 1970 representa el período transicional clave puesto que es en este período cuando la estética del alto modernismo, que en su origen se había presentado como un arte de oposición, subversivo ante la sociedad como el expresionismo abstracto, la poesía de Pound, Eliot o Wallace Stevens, las obras de Stravinsky, la literatura de Joyce, Proust y Mann, se habían ya institucionalizado, convertido en el establishment, dominando la academia, los museos y las redes de galerías de arte, por lo que una nueva generación de poetas, pintores y músicos iniciaron un movimiento de ruptura ante tal ambiente asfixiante (2002: 16). En términos de teoría contemporánea, la posmodernidad no se define por los discursos sistémicos e integrados, como lo fueron, por ejemplo, la obra de Wittgenstein o la filosofía analítica. En la posmodernidad se ha configurado un nuevo discurso, asociado a la filosofía francesa, concretamente a la obra de Michel Foucault. Jameson afirma que lo propiamente posmoderno en la obra de Foucault, consiste en que no podemos catalogarla únicamente como filosofía, historia, ciencia política o teoría social.

Como hemos visto la hipótesis central de Jameson es que el posmodernismo como lógica cultural del capitalismo avanzado, es producto principalmente de las transformaciones en el orden económico-social producidas después de la Segunda Guerra Mundial. En este cuadro, Jameson nos previene de conceptualizar esta transición en términos de una ruptura radical, sino más bien debe ser entendido como una reestructuración de elementos ya dados, sobre todo en el campo de la estética y la filosofía, donde encontramos rasgos propiamente posmodernos. Estos rasgos o pautas, de estar subordinados, pasan a ser dominantes, a ser rasgos centrales de la producción cultural. Por ejemplo, las obras de Flaubert, Mallarmé y Mann, además de los filósofos a los que Rocoeur clasificó como la filosofía de la sospecha: Marx, Nietzsche y Freud. Ácidamente, Jameson señala que los intelectuales posmodernos le deben a estos tres filósofos, obediencia conjunta (2002: 83).

1.2 La constelación de conceptualizaciones y esquemas

El conjunto de teorías y conceptualizaciones heterogéneas de posmodernidad, serán analizadas aquí no en modo progresivo y lineal, sino que me parece más adecuado, utilizar como metáfora la palabra constelación, en razón del carácter discontinuo, contradictorio y no lineal de este conjunto. Como hemos mencionado ya, la posmodernidad abarca diversos campos disciplinarios, desde la estética hasta la filosofía, la ciencia y la política, por lo que los conceptos aquí referidos necesariamente reflejarán esa diversidad, con lo cual, esperamos conseguir una visión amplia del fenómeno, para finalmente construir un concepto de posmodernidad.

Albrecht Wellmer, en su obra Sobre la dialéctica de la modernidad y posmodernidad. La crítica de la razón después de Adorno (1993), señala que el prefijo pos forma parte de una red de conceptos y formas de pensamiento cuyo referente común es la consciencia de encontrarse en el umbral de una sociedad cuyos contornos aún no son claros, pero parece apuntar a la extinción del proyecto histórico de la modernidad. Señala que las teorías posmodernas tienen como temática recurrente la crítica a las nociones de razón y del lenguaje, siendo que una de las proclamas centrales del posmodernismo es la muerte de la modernidad. Wellmer comenta que los epitafios para la modernidad están repletos de sarcasmo, acritud y odio: “Nunca un proyecto comenzado con tan buenas intenciones –hablo del de la Ilustración europea- fue llevado a la tumba entre tantas maldiciones.” (1993: 104). Wellmer interpreta a la posmodernidad, no en términos sociológicos, sino como un proyecto: el de la «autosuperación de la razón». De este modo, el posmodernismo tiene un tema de fondo central: la crítica a la razón «totalizadora». La posmodernidad sería entonces un movimiento de búsqueda de una razón como juego de racionalidades plurales, asentada en una tolerancia reciproca de los discursos  y no como una razón ideal que comporte una reconciliación de los juegos de lenguaje (1993: 112).  

David Harvey, en su obra La condición de la posmodernidad (2004), delimita a ésta como una condición histórico-geográfica específica. Siguiendo el análisis de Jameson, en torno a la posmodernidad como producto de las transformaciones en el modo de producción capitalista después de la Segunda Guerra Mundial, sostiene que ésta etapa histórica nace de la crisis de hiperacumulación del régimen de acumulación fordista-keynesiano, cuyo auge se ubica entre 1945 y 1973.[19] Este régimen se basó en el dominio del Estado keynesiano, con un poder amplio de regulación monetaria, fiscal y política, además un trabajo organizado cuya disciplina se estableció en el New Deal de Franklin D. Roosevelt y por la función corporativa de los sindicatos. El trasfondo de este proceso fue la consolidación de la hegemonía económica, financiera y militar de Estados Unidos. De 1965 a 1973 comenzó a gestarse la crisis del régimen de acumulación fordista y del boom de la posguerra. La rigidez que comenzó a dominar la economía determinó que, con el fin de mantener los compromisos del Estado keynesiano, se imprimiera moneda, con lo que se desató la ola inflacionaria. 1973 fue el momento culminante de la espiral inflacionaria y año además en que la OPEP desató la crisis petrolera al incrementar los precios del petróleo. De este modo, en 1973 se exteriorizó una profunda crisis de sobreacumulación; fiscal y de legitimación. La respuesta a esta crisis, afirma Harvey, fue la articulación de un régimen de acumulación «flexible», el cual se caracteriza: “por la emergencia de sectores totalmente nuevos de producción, nuevas formas de proporcionar servicios financieros, nuevos mercados y, sobre todo, niveles sumamente intensos de innovación comercial, tecnológica y organizativa” (2004: 170). El capital adquiere mayor movilidad y recurre al capital financiero como poder coordinador. El sistema financiero se desreguló y adquirió una importancia fundamental en la economía mundial, lo que para Harvey significa un mayor potencial para la formación de crisis monetarias y financieras, por otra parte, el incremente en la capacidad de movilidad del capital ha aumentado su poder sobre los Estados Nación.[20] Por otro lado, el empleo regular transita hacia los contratos de medio tiempo, subcontratos o trabajo temporal, es decir, hacia la precarización laboral, la caída del nivel salarial y la seguridad laboral. Al mismo tiempo, Harvey señala que el mercado laboral se ha reestructurado, con un mayor peso del sector de los servicios. Por otra parte, en términos políticos, la posmodernidad se caracteriza por la llegada del neoconservadurismo, representado por los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Tatcher. El neoliberalismo tendría como eje la política económica poskeynesiana de ataque a los salarios reales y el poder que los sindicatos habían adquirido en el periodo de la posguerra, a través de las políticas de austeridad, el recorte fiscal y el abandono del compromiso social.

La transición hacia un régimen de acumulación «flexible», fundado en la inestabilidad y fragmentariedad, que ponderada la aceleración del rito de innovación de las mercancías y la integración de nichos de mercado especializados, como respuesta a la crisis de sobreacumulación del régimen de acumulación fordista, no operó sólo en términos económicos, sino además en su correspondiente modo de regulación social y política. La tesis central de Harvey, es que el posmodernismo es un movimiento estético que nace de la crisis de hiperacumulación que culminó en 1973, que con su celebración de la diferencia, lo transitorio, el espectáculo y la moda, y en general con la creciente mercantilización de la cultura, mimetiza estéticamente al nuevo régimen de acumulación «flexible» (2004: 334).

Para 1960, cuando comienza la crisis del régimen de acumulación fordista, surgieron diversos movimientos contraculturales y antimodernistas, los cuales adoptaron lógicas antiautoritarias, un lenguaje iconoclasta y una crítica a la vida cotidiana generada por los imperativos de la modernidad racional-técnico-burocrática, el Estado y las instituciones sociopolíticas. Estos movimientos contraculturales y antimodernos fueron el sustrato de 1968, el cual, para Harvey, constituye el precursor político y cultural del posmodernismo. De este modo, sostiene que entre 1968 y 1972 surgió el posmodernismo de la crisálida del movimiento antimoderno. El posmodernismo nació de la derrota política de 1968 (2004: 55). No obstante, encontramos una cesura histórica sorprendentemente exacta en la obra del arquitecto Charles Jencks, de quien Harvey cita:

  “El fin simbólico del modernismo y el tránsito al posmodernismo se produjeron a las 15:32 horas del 15 de julio de 1972, cuando el complejo habitacional Pruitt-Igoe en St. Louis (una versión premiada de la «máquina para la vida moderna» de Le Corbusier) fue dinamitado por considerárselo un lugar inhabitable para las personas de bajos recursos que alojaba.” (Harvey, 2004: 56).
En adelante, la arquitectura de la Bauhaus, la arquitectura funcional, cedería ante el nuevo paradigma Learning from Las Vegas, del arquitecto Robert Venturi. Harvey comenta que el posmodernismo arquitectónico sostiene una visión fragmentada de lo urbano, recuperando las historias locales y las necesidades y fantasías particulares, en contraste con los grandes proyectos de la arquitectura moderna, comprendidos en un proyecto social (2004: 85). De este modo el posmodernismo arquitectónico defiende la autonomía del espacio y una construcción basada en un estilo ecléctico y ornamental. En términos estéticos, Harvey señala, siguiendo a Jameson, que el posmodernismo denota la disolución de las fronteras entre la alta cultura y la cultura popular, por lo que se presenta como un movimiento antiaurático y antivanguardista.[21] El posmodernismo se enfoca a la producción cultural de acontecimientos, espectáculos, happenings e imágenes de los medios. En el campo filosófico, Harvey afirma que el posmodernismo denota la mezcla del pragmatismo norteamericano, el posestructuralismo y el neomarxismo que elaboran una crítica de la razón abstracta y una profunda aversión a los proyectos de emancipación social a través de la ciencia, la razón y la tecnología. La deconstrucción como movimiento iniciado por Derrida, a fines de 1960, caracteriza también al posmodernismo. Para Derrida, el collage  es una forma esencial del discurso posmoderno. El posmodernismo, pondera la fragmentación, la discontinuidad, el pluralismo, el reconocimiento de otras voces.

En su obra Los orígenes de la posmodernidad (2000), Perry Anderson elabora un minucioso análisis de la genética del término. Señala que la noción de posmodernidad emergió en Hispanoamérica en los años treinta del siglo XX con Federico de Onís, quien denominaba así a la corriente conservadora dentro del propio modernismo, cuyas características eran el perfeccionismo del detalle y el humor irónico. Frente a esta corriente, de Onís propuso un ultramodernismo que llevara a éste a una nueva culminación a través del trabajo poético de las vanguardias, con obras de alcance universal. El concepto de posmodernidad introducido por de Onís, no tuvo una difusión más amplia en el ámbito hispanoamericano. Veinte años después, el término posmodernidad fue utilizado por Arnold Toynbee como categoría histórica, en el octavo volumen de su Estudio de la historia, para describir a la época iniciada con la guerra franco-prusiana y el proceso del auge de la clase obrera industrial en Occidente. Para Anderson las deficiencias empíricas de la obra de Toynbee y sus conclusiones proféticas contribuyeron al aislamiento de su obra. En Norteamérica, el término fue introducido por el poeta Charles Olson, crítico del racionalismo humanista, en quien encontramos un uso más adecuado del término, como descripción de un mundo más allá de la era de los descubrimientos y de la Revolución Industrial. No obstante, Anderson señala que las ideas estéticas de Olson no cristalizaron en una doctrina concreta, con el inicio del ambiente anticomunista en Estados Unidos, su poesía se volvió más irregular y aforística. En 1959 el término reapareció en la obra de C. Wright Mills para designar una era en las que los ideales del liberalismo y el socialismo estaban a punto de derrumbarse.

Ahora bien, Anderson comenta que el termino posmodernidad alcanzó una difusión más amplia hasta los años setenta. En 1972 apareció en Nueva York la revista Boundary 2, bajo el subtitulo “Journal of Posmodern Literature and Culture”, con el reconocimiento de la influencia de la poesía de Charles Olson y la escuela de poetas de Black Mountain. La contribución de Boundary 2, de acuerdo con Anderson, fue estabilizar la idea colectiva de lo posmoderno, aunque la revista literaria finalmente se decantó en un existencialismo sartreano y próximo también a Heidegger. Entre los primeros colaboradores de esta revista se encontraba el crítico literario Ihab Hasan, quien adoptó la categoría foucaultiana de ruptura epistémica para definir al pensamiento posmoderno y su juego de indeterminación e imanencia. En el análisis de Hasan, Anderson señala que tres nombres aparecían constantemente: el compositor John Cage, el pintor Robert Rauschenberg  y el diseñador Buckminster Fuller. No obstante, Hassan rechazó analizar las consecuencias político-sociales de la posmodernidad, debido a la aversión que sentía hacía la política. Posteriormente, en 1987 en su obra The Postmodern turn, Hassan se distanció de la corriente posmoderna. Acusó al posmodernismo de haber tomado un rumbo equivocado que lo condujo a convertirse en una bufonada ecléctica. Por otra parte, Anderson señala que desde el ámbito de la arquitectura en la década de los setenta el concepto fue adoptado por Charles Jenks en su obra Language of Post-modern Architecture (1997), para quien lo posmoderno en términos arquitectónicos consistía en un estilo de doble codificación  que apelaba simultáneamente a la sensibilidad educada y al gusto de las masas. De acuerdo con Anderson, esta tesis había sido inspirada por la obra Learning from Las Vegas (1972) del arquitecto Robert Venturi, un manifiesto arquitectónico en el que se criticó a la arquitectura moderna, es decir, el Estilo Internacional inaugurado por Mies Van der Rohe. Para Venturi la arquitectura debía insertarse dentro de lo urbano sin las aspiraciones puristas del modernismo arquitectónico, fundando un nuevo estilo basado en lo decorativo y asociando a la arquitectura con las artes gráficas y la escultura. Con este antecedente puede entenderse la obra de Charles Jenks, para quien finalmente en la década de los ochenta lo posmoderno se materializó en una sociedad mundial de tolerancia plural, que ofrecía una superabundancia de ofertas posibilitada por la sociedad de la información.

Para Anderson la obra de Venturi y Jencks fue fundamental para que la arquitectura  portara la insignia de lo posmoderno, siendo el primer ámbito al que suele asociarse a éste concepto desde entonces (2000: 37). El siguiente referente esencial es la obra La condition posmoderne (1979) de Lyotard y la obra de Fredric Jameson, cuyos conceptos de posmodernidad ya hemos analizado. Anderson señala que la aparición de la posmodernidad corresponde a la década de 1970, en la que identifica tres coordenadas históricas nuevas: La primera, la liquidación de la tradición aristocrática en la Europa continental después de la Segunda Guerra Mundial, proceso acompañado por la extinción de la burguesía como clase poseedora de una moral propia y conciencia de sí misma, en su lugar aparece un conjunto fluctuante de actores: ejecutivos, auditores, administradores y especuladores del capital sin identidad estable ni estabilidad en la estructura social (2000: 118). Otra dimensión del fin del mundo burgués es la liquidación de todo establishment academicista al que un arte de vanguardia pudiera cuestionar. La segunda coordenada histórica señalada por Anderson, es la evolución de la tecnología, particularmente considera que un avance tecnológico fundamental que provocó un salto cualitativo en el poder de comunicación de masas es la televisión a color. Para Anderson la televisión a color, cuya masificación se consolido en la década de 1970, representa la innovación tecnológica fundamental de lo posmoderno, ya que en adelante la posmodernidad se constituiría también como una maquinaria de imágenes, de modo que el entorno posmoderno está constituido por un Niágara de cháchara visual (2000: 122).[22] Ahora bien, la imagen es sobre todo mensaje, y estos mensajes transmiten ideología en el sentido completo del término. De este modo, la cultura posmoderna es ante todo la cultura del espectáculo (2000: 156). La tercera coordenada histórica son los cambios políticos de la época, coincidiendo con Harvey, entiende al posmodernismo como producto de la derrota de los movimientos político-subversivos en la década de 1970, de modo que en la siguiente década la ofensiva de la derecha se expresó en los procesos de privatización y ataque a la clase obrera de los gobiernos de Reagan y Tatcher, en los que se constituyó el orden neoliberal. Anderson señala que para la década de 1980 se consolidó el triunfo universal del capital y la cancelación de alternativas políticas. En suma, estas tres coordenadas históricas caracterizan el surgimiento y consolidación de la posmodernidad, a las que Anderson resume así: “la posmodernidad surgió de la constelación de un orden dominante desclasado, una tecnología mediatizada y una política monocroma” (2000: 126). En suma, para Anderson la posmodernidad es propia de sociedades capitalistas de una riqueza sin precedentes y con niveles de consumo muy elevados.

David Lyon, en su obra Posmodernidad (2005), afirma que este concepto ha suscitado desde la década de los ochenta un debate importante en una gran variedad de disciplinas, desde la geografía hasta la teología y de la filosofía a la ciencia política, cuyo antecedente fue la controversia que tal término suscitó en el arte, la literatura, arquitectura y cine. Identifica a Jean-François Lyotard, Jean Baudrillard, Jaques Derrida, Michel Foucault, Gilles Deleuze, Gianni Vattimo y Richard Rorty como pensadores posmodernos. Señala que como concepto socioanalítico cobró relevancia desde la década de los ochenta, siendo rechazado por varias corrientes y pensadores, quienes acuñaron otros sustantivos, prefijos y adjetivos para denotar al fenómeno posmoderno: modernidad alta, que expresa una idea de madurez de la misma; modernidad tardía, que sugiere una etapa final;  hípermodernidad, para denotar que ciertos rasgos presentes marginalmente en la modernidad que hoy predominan; metamodernidad, que expresa que las condiciones propias de la modernidad se han transformado; y modernidad reflexiva, que postula la autoconciencia de la modernidad misma (2005: 17). Lo que tenían en común tales términos era el rechazo de la idea de que la modernidad se habría detenido.

Lyon defiende el concepto de posmodernidad y critica su rechazo fácil al calificarla como moda o capricho intelectual. La posmodernidad es producto de una serie de procesos fundamentales que tuvieron lugar hacia fines del siglo XX, de modo que no se puede considerar la situación actual como una mera prolongación de la modernidad, incluso con cambios de mera forma. Esos cambios fundamentales fueron señalados en la década de los setenta por Daniel Bell, que utilizó el término “posindustrialismo” para describir la nueva realidad en la producción en la que el sector de servicios se había convertido en predominante, además del auge de las tecnologías de la comunicación y la información, que configurarían una “sociedad de la información”, concepto del que el análisis de Lyotard parte, aunque sin la fe en el progreso del que esta noción estaba imbuida. Lyon afirma que la posmodernidad está íntimamente relacionada con el nihilismo occidental, generado cuando la razón moderna se cuestiona así misma. Respecto a la génesis de lo posmoderno, menciona a pensadores como Friedrich Nietzsche y su filosofía nihilista; a Martin Heidegger y su amplia influencia en el pensamiento de Gianni Vattimo, con la negación de entender el fin de la modernidad como un escenario de decadencia y colapso cultural; George Simmel, con su análisis de lo social no desde un punto de vista comprehensivo, sino fragmentario y la pérdida de sentido en el mundo posindustrial. Este nihilismo posmoderno analizado por Lyon expresa la crisis de la metanarraciones de La condición posmoderna de Lyotard. La idea de progreso y razón entran en crisis. La primera dimensión cuestionada es la noción de un conocimiento o cultura universal; la segunda, el progreso basado en la tecnociencia, que generó un desastre medioambiental; y tercera, la dimensión de la legitimación política, cuya crisis se refleja en la desmotivación del ciudadano-trabajador.

En Lyon encontramos una importante distinción entre posmodernidad, posmodernismo y posmodernización. Sostiene que la posmodernidad denota el auge de las tecnologías de la información y la comunicación, que facilita la extensión de las relaciones sociales en el fenómeno propio de la globalización, en un ambiente de sobreproducción de imágenes, objetos y diferencias (2005: 99). Para Lyon el rasgo esencial de la posmodernidad es la comunicación, especialmente a través de las redes informáticas; por otra parte, se caracteriza por el surgimiento de nuevos movimientos sociales relacionados con problemas étnicos, ecológicos y de género y; finalmente, expresa el dominio del consumismo, que ha llegado a eclipsar la posición central de la producción. La sociedad de consumo, es una categoría fundamental para entender el fenómeno de la posmodernidad, ya que es el consumo lo que domina la existencia y lógica social de los sujetos posmodernos. Ello determina el cuestionamiento de los anteriores modelos de análisis social y práctica política. De este modo, Lyon defiende la utilización del concepto de posmodernidad en todo intento de describir el cambio cultural, aunque niega que la posmodernidad sea una sociedad completamente nueva o que podamos identificar alguna sociedad con este concepto. La posmodernidad para Lyon, denota aquel estado de crisis de la modernidad, la aparición de nuevas tecnologías y formas de relacionarse socialmente.

El posmodernismo, que acentúa lo cultural, cuestiona todos los principios de la ilustración europea: “El posmodernismo se refiere aquí a fenómenos culturales e intelectuales, a la producción, consumo y distribución de bienes simbólicos” (2005: 26).[23] El eslogan propio de este posmodernismo es “Aprender de Las Vegas”,  o de los indígenas, la naturaleza o lo que sea, agrega Lyon, ya que en un ambiente en que los discursos proliferan y se multiplican, el logocentrismo queda desacreditado. El estilo propio de este posmodernismo es el collage. Finalmente, la posmodernización se refiere a los procesos de movilidad y flexibilidad en la producción industrial, el predominio de los trabajadores de la información y la tecnología como principal factor de la innovación en los métodos de producción y la creación de nuevas formas y vías de relacionarse socialmente (2005: 108).

En términos cercanos a Jameson, Anderson y Lyon, Terry Eagleton, en su obra Las ilusiones del posmodernismo (1998), define a la posmodernidad como un periodo histórico específico y al posmodernismo como una forma de la cultura contemporánea. En este trabajo, Eagleton usa indistintamente ambos conceptos. Señala que la posmodernidad es un estilo de pensamiento que desconfía de las nociones de verdad, razón, identidad y objetividad, la idea de progreso universal o emancipación y de los grandes relatos. En este sentido, considera al mundo como contingente, inexplicado, diverso, inestable, indeterminado; con un escepticismo en torno a la objetividad de la verdad, la historia y las normas. Como Jameson, Eagleton considera que la posmodernidad tiene un sustrato material: una nueva forma de capitalismo en Occidente relacionado con la importancia de la tecnología, el sector de servicios, finanzas e información, y con la sociedad de consumo. En este sentido, encontramos en Eagleton la reafirmación de la tesis de que la posmodernidad no es meramente un estilo, sino una realidad social: “Parte del poder del posmodernismo es el hecho de que existe, mientras que considerar existente el socialismo es más discutible” (1998: 13). Como estilo cultural, el posmodernismo denota un arte sin profundidad, descentrado, sin fundamentos, autorreflexivo, juguetón, ecléctico, pluralista, que rompe con la distinción entre la alta cultura y la cultura popular.

Klaus Von Beyme, en su obra Teoría política del siglo XX. De la modernidad a la posmodernidad (1991), señala que en las ciencias sociales las teorías posmodernas se impusieron en contra de los conceptos de sistema y totalidad, resaltando en cambio su carácter compilatorio. Por otro lado, evalúa la problemática en torno a la periodización de la posmodernidad, ya que “un pensador posmoderno consecuente no puede aceptar una época posmoderna claramente delimitada (1991: 145). Comenta que Charles Jencks situó su nacimiento en 1960, y que otras situaciones históricas se consideran como cesuras, tales como el activismo de la generación de 1968 o la demolición de edificios representativos de la modernidad clásica en San Luis en 1973. La tesis principal de Von Beyme es que la posmodernidad no comporta un paradigma completamente nuevo que reemplace a la modernidad, sino que representa la radicalización y culminación de sus principios. Siguiendo esta idea, señala que puede entenderse la paradoja del futuro anterior de Lyotard cuando éste afirmó: Una obra no puede convertirse en moderna si, en principio, no es ya posmoderna” (Lyotard, 1999: 23). En este sentido, la posmodernidad no comporta una negación completa de las conquistas de la modernidad, los principios modernos que han tenido continuidad en el pensamiento posmoderno son: el antievolucionismo, el método comparativo (método de la diferencia) y la diferenciación de las subesferas de la sociedad, aunque señalando la primacía de la cultura.

Von Beyme caracteriza a la sociedad posmoderna como sumergida en una época de hedonismo dominada por el yo minimalista, que vive en apatía y falta de compromiso social. Este individualismo hedonista de la sociedad posmoderna tiene como contraparte los encounter groups y las terapias de felicidad, cuya expresión vital es el art pop (1991:154). En este sentido, en la posmodernidad el conflicto entre política y economía no aparece ya como dominante, sino las relaciones de intercambio entre la cultura y la economía, en las que la cultura es sometida a un proceso de comercialización. En términos sociales, la posmodernidad comporta el dominio de la sociedad multicultural y el debilitamiento de las fronteras del Estado-nación, imperando como paradigma los procesos de descentralización y localismo.

El posmodernismo no surgió como un grupo paradigmático compacto, sino que éste se articuló en varios momentos. El primer concepto que logró tener influencia fue el de poshistoria, creado por el filósofo francés Antoine Augustin Cournot durante el Segundo Imperio. Después vendrían conceptos que lograrían imponerse rápidamente como sociedad posindustrial, posfordismo, posmaterialismo hasta llegar al posfeminismo. El posmodernismo, denota un desencantamiento de la filosofía, situando como centro una pulsión lúdica. En la articulación del pensamiento posmoderno influyeron las ciencias naturales y la teoría del arte (1991: 323). Los principios relevantes del pensamiento posmoderno, de acuerdo con Von Beyme, definidos negativamente en referencia a su distanciamiento de la modernidad, son: Indeterminación, fragmentación, hibridación, disolución del canon, pérdida del yo, ironía, carácter de constructo e inmanencia. A su vez, identifica seis rasgos característicos: 1) La revolución del concepto de tiempo y la conciencia de vivir en una época de transformación histórica. En este sentido se el posmodernismo percibe una aceleración de la vivencia del tiempo que se potencia en esta fase histórica. Esta aceleración se manifestó en el arte en el happening: “la posmodernidad ha aprendido a vivir con la vivencia de lo efímero”.[24] 2) La acentuación en la irreligiosidad de la modernidad. Se renuncia a la búsqueda de un sentido global, de una teleología; al ámbito de la trascendencia e incluso a la imposibilidad de encontrar normas comunes; 3) la distancia irónica y el placer por lo lúdico. El pensamiento posmoderno se distancia de la seriedad moral de la modernidad clásica, lo que exaspera a los defensores de su proyecto, como Habermas; 4) la aceptación de la sociedad de consumo posindustrial; 6) el abandono del concepto de sociedad, sobre todo desde el enfoque deconstructivista y la obra de Niklas Luhmann y; 6) el rechazo a una relación instrumental con la naturaleza (1991: 169).  

De este modo, el pensamiento fragmentado de la posmodernidad se opone a la formación de teorías integradas, siendo que en la modernidad tardía se convirtió en anacrónica la idea de “una ciencia, un método y un paradigma teórico”. Los principios de la «teoría política posmoderna» son: 1) desustancialización del poder. El análisis del poder  y la dominación en la modernidad clásica se concibió en términos verticales, en la posmodernidad se entendió como análisis reticular, horizontal, sin que se verifique una sede espacial, institucional del poder, en cambio este funciona a través de una estructura reticular, de un modelo de macrocontrol descentralizado que caracteriza al Estado posmoderno[25]; 2) fin de la teoría de la revolución. Los pensadores posmodernos consideran a la teoría de la revolución como parte de una tentación totalitaria, se ponderan en cambio las transformaciones en el aquí y el ahora por medio de la actividad. En este sentido también caen bajo sospecha el internacionalismo y el cosmopolitismo de la modernidad clásica, caso de Antonio Negri cuando señala el “fin del internacionalismo obrero”; 3) intensificación del concepto de pluralismo, que ha mostrado dificultad para integrarse en un una teoría de la decisión democrática, cuestión que podemos ejemplificar con el flujo conflictivo de un universo heterogéneo de juegos de lenguaje no sometidos a un lenguaje común ni a la noción de consenso, en la filosofía de Lyotard; el siguiente principio se encuentra íntimamente relacionado con el anterior; 4) revalorización de las minorías y crítica al principio de mayoría. Finalmente, la filosofía posmoderna con la postulación de la muerte de las metanarraciones y la construcción de un pensamiento posmetafísico comporta el fin de las teorías de la legitimidad, ya que estas son consideradas por los teóricos posmodernos, como parte de las narraciones emancipatorias míticas 

Zidane Zeraoui (2006) analiza a la posmodernidad por medio del concepto de paradigma de Thomas S. Kuhn. La época contemporánea es el escenario de la transición entre dos paradigmas, una época, por lo tanto, de incertidumbre y relatividad. Zeraoui, esboza los paradigmas de la posmodernidad en diversos campos y disciplinas. En la ciencia el paradigma posmoderno se caracteriza por la interdisciplinariedad, indeterminación, inestabilidad y caos como principio de creatividad, no reduccionista ni determinista. En política el paradigma posmoderno  se caracteriza principalmente por la crisis de los sistemas autoritarios que permite la irrupción de nuevos actores sociopolíticos tales como las redes no gubernamentales, a su vez por los sistemas de consenso; los sistemas disipativos; el poder descentralizado; disolución de las fronteras; paridad hombre-mujer; y el lema “pensamiento global, acción local”. En el ámbito de la economía, se caracteriza por: la mundialización de la economía; el modelo de producción flexible; la incertidumbre y; el desarrollo a través de la información y la tecnología.  Finalmente, en términos sociales, el paradigma posmoderno expresa la tendencia al refuerzo de los lazos comunitarios y el sentimiento localista, así como: flexibilidad en las costumbres, conciencia de la cuestión ambiental, reconocimiento de las limitaciones de la ciencia y el asociacionismo libre.

Cárdenas Bonilla (2006) considera que el concepto de posmodernidad se refiere al planteamiento del pluralismo ideológico con la ponderación de pequeñas narrativas culturales y étnicas frente a las políticas etnocentristas y redentoras; al antiuniversalismo; y al rechazo hacia las viejas formulas para alcanzar el bienestar sociopolítico, ya que la modernidad fue incapaz de cumplir sus promesas: No se alcanzó mayor libertad, educación y distribución de la riqueza y, por otra parte, el desarrollo de las ciencia y la tecnología ha conllevado a una profunda desestabilización de los ecosistemas y un avance significativo en armamento y sistemas de inteligencia militar no comparada con la investigación médica, que adolece de falta de financiamiento.

Rocha Gámez (2006: 122) define a la posmodernidad como un periodo que “afecta a los niveles como el cultural, filosófico y político con aspectos críticos y autocríticos inconclusos de la modernidad y con que se niega a examinar los orígenes o los fines […]”. En el arte, el término se utiliza para caracterizar a artistas o escritores no tradicionales ni conservadores, cuya obra emplea términos y conceptos como trasnacional, globalizado, intercultural y mediatización de la cultura. El arte posmoderno, inicia con la corriente del Funk Art, cuyo objeto estético eran temas urbanos de finales de los cincuenta: miedo a la muerte, aborto, violencia e injusticia social. Posteriormente, a principios de la década de los sesentas, surgió el pop art, movimiento considerado como rebelde y crítico hacia el consumismo. Con el pop art se constituye una de las principales características del arte posmoderno, el uso de imágenes de los medios de comunicación, con la consolidación de los mass media, aunado a una sensibilidad acerca de la vaciedad del sí mismo. Gámez señala que el pop art entró en una fase de declive a fines de los años setenta, surgiendo otras expresiones como el performance, cuyas representaciones abordaban temas como el racismo, la homosexualidad, el sida, entre otros, en el contexto del surgimiento del feminismo, la guerra de Vietnam, los movimientos antinucleares y feministas. Otros movimientos que representan el arte posmoderno son: el earth art, el body art,  el hiperrealismo, el high tech, el anti-diseño y el arte de internet.     

1.3 Concepto de posmodernidad, posmodernismo y posmodernización

Existe un debate en torno a la posibilidad o no, de otorgarle un status conceptual a tal término posmodernidad. Michel Maffesoli descarta la posibilidad de otorgarle tal estatus, ya que entiende a la posmodernidad como “el conjunto de categorías  y sensibilidades alternativas a las que prevalecieron durante la modernidad” (1990: 104). De este modo, para Maffesoli, lo que denota el término posmodernidad es una toma de perspectiva, una categoría mental que permite entender la saturación de un epistema. Lo que el término denota aquí es la sensibilidad de estar situados frente el fin de una época y el nacimiento de otra, de la que pueden identificarse ciertas pautas como el pluralismo, eclecticismo, relativismo, equivalencias e intercambiabilidad

Urdanibia (1994) analiza también la dificultad de construir un concepto de posmodernidad, ya que se le ha empleado para señalar una sensibilidad de una condición, más que una nueva época, lo que evidentemente le obligaría a llevar a cabo un esfuerzo períodizador. Urdanibia coincide con Maffesoli en torno a que lo posmoderno denota un estado de crisis, en el que se elabora una negación del estado precedente (la modernidad), pero sin llegar a la afirmación de un espacio nuevo, sino a la conciencia de estar situados frente al imperio de “la incertidumbre, el escepticismo, la diseminación, las situaciones derivantes, la discontinuidad, la fragmentación, la crisis […]” (1994: 69). Las consecuencias de lo anterior, en el terreno de lo artístico, conllevan a fenómenos como el pastiche, el collage, en suma, a una posición escindida y esquizofrénica. ¿Por qué escindida y esquizofrénica? Porque esta crisis, en la que no podemos encontrar un destino seguro en el horizonte vislumbrado, constantemente nos remitimos al pasado a buscar la seguridad de los modelos y cánones establecidos. Fredric Jameson (1991: 45) coincide en este diagnóstico, denominando como pastiche a la práctica posmoderna que consiste en la imitación de estilos caducos, ante el ocaso del estilo único modernista. Esta postura, como se analizará con detalle más adelante, es rechazada por Lyotard, al denunciar el recurso a la nostalgia, a los cánones, lo que constituye un deseo endémico de realidad  totalmente contrario a la estética de lo sublime, al espíritu de la posmodernidad.

Por su parte, Patxi Lanceros (1990) señala que el término posmodernidad se muestra esquivo conceptualmente, ya que lo caracterizan límites difusos y una ubicación variable. La posmodernidad adopta como principios la fragmentariedad, discontinuidad y deconstrucción, lo que determina que no podamos hablar de unidad, aquí el centro del problema. La afirmación más interesante de Lanceros es que no existe posmodernidadsino una “multiplicidad de estrategias parciales que carecen de estrategia común” (1990: 142). Estas estrategias, van desde Nietzsche y Baudelaire, pasando por Wittgenstein y Heidegger, hasta llegar a la informática (Lyotard y Vattimo). Es aquí, cuando encontramos en Lanceros una oposición nítida de la posmodernidad a la modernidad, ya que lo moderno estuvo dominado por la intención de unidad, principio generador de un proyecto, esto es el proyecto de la modernidad, el proyecto de la Ilustración.

¿Se puede otorgar un estatus conceptual al término posmodernidad? Klaus Von Beyme señala: “la investigación empírica no puede prescindir de la formación de conceptos abstractos” (1991: 20). En este sentido, es fundamental la defensa que hace Fredric Jameson (2002) del principio de abstracción, el cual: “es un recurso que nos permite ver en los dominios aparentemente autónomos e inconexos, los ritmos y secuencias ocultas de cosas que por lo común sólo recordamos aisladas y una por una(2002: 58). Jameson refuta a los pensadores posmodernos que le “declararon la guerra” a todo principio de totalidad, sobre todo en términos conceptuales. Encontramos aquí una teorización en defensa de la conceptualización del término posmodernidad, puesto que Jameson señala que hay una aparente contradicción en el intento de unificar un campo y la lógica misma de la sustancia de ese campo. Esto es, el argumento de que siendo que el conjunto de las teorías posmodernas está caracterizado por una lógica de la diferencia o diferenciación, y por la completa heterogeneidad y emergencia de subsistemas aleatorios e inconexos de todas clases, existe una contradicción y, aun más, un ejercicio de violencia y dominación en el intento de reducir y excluir la constelación de juegos y diferencias en un sistema unificado.  

La pregunta que Jameson afronta es: “¿existe algo contradictorio y extraviado en construir un sistema unificado de la diferenciación?” Jameson afirma que no, refuta a los creen lo contrario argumentando que existe una confusión entre niveles de abstracción, ya que al conceptualizar un sistema que produce diferencias, no por ello deja de producirlas, además de que los detractores de este intento suponen que el concepto debe ser en especie como el objeto que trata de teorizar, noción sumamente errada para Jameson, ya que “no se supone que el concepto de perro ladre o el de azúcar tenga un sabor dulce” (2002:60). De esta forma, el concepto de posmodernidad, en la construcción abstracta de su objeto, no tiene que corresponder con la sustancia del mismo, es decir, no tiene reflejar propiamente, en sí mismo, toda la gama de estrategias o juegos del lenguaje propios de la constelación de teorizaciones y reflexiones en torno a lo posmoderno. En esta reflexión de Jameson, encontramos argumentos sólidos para emprender la construcción de un concepto de posmodernidad. En todo caso, Jameson nos previene de fetichizar el concepto de posmodernidad, de modo que identifiquemos o reemplacemos a éste con la realidad misma.

Los principios que permiten reconocer al pensamiento posmoderno son los conceptos de diferencia, heterogeneidad, diversidad, pluralismo, fragmentariedad e indeterminación. Así mismo, éstos se oponen nítidamente a los defendidos en la modernidad, en la que el mundo es entendido como “totalidad, como sistema de relaciones jerárquicamente ordenadas” (Gargani, 1998: 19). El cosmos geométrico de la modernidad, se afinca en los principios de universalización, historia, razón, unidad y progreso. Los pensadores posmodernos emblemáticos son Jean-Franҫois Lyotard, Gianni Vattimo y Fredric Jameson. Michel Foucault, Emmanuel Lévinas, Jacques Derrida, Jean Baudrillard y Gilles Deleuze son considerados como precursores del posmodernismo e incluso como filósofos posmodernos, aunque la mayoría negaron o rechazaron considerarse como tales. Niklas Luhmann, Ulrich Beck, Richard Rorty, Gilles Lipovetsky y Zygmunt Bauman, son considerados también como pensadores de la posmodernidad, a pesar del rechazo de la mayor parte de ellos a identificarse con esta corriente o seleccionar otras categorías y conceptos para describir fenómenos que son objeto también del análisis posmodernista.[26]

Como hemos mencionado, a pesar de que el concepto de posmodernidad ha sido utilizado más como un concepto operativo que como uno analítico, los anteriores son principios y análisis fundamentales para construir un concepto de posmodernidad. Con base en la discusión analizada en este trabajo y el pensamiento de los filósofos posmodernos, pretendo definir un concepto de posmodernidad que pueda utilizar en este trabajo con fines tanto operativos como analíticos.

La posmodernidad es un periodo histórico articulado en la década de 1970 como producto de la crisis en el sistema capitalista keynesiano-fordista, que comportó el tránsito hacia un régimen de acumulación «flexible». Este régimen se caracteriza por el fin del Estado social-keynesiano, el incremento de la movilidad del capital, la desregulación financiera y la precarización laboral. Por otra parte, durante este periodo es fundamental el desarrollo y predominio del sector de servicios de la economía, las tecnologías de la información y la comunicación, la sociedad de consumo y el Estado neoliberal. En términos políticos denota la hegemonía del neoconservadurismo en los gobiernos occidentales, los procesos de descentralización del poder, el surgimiento de los nuevos movimientos sociales, la crisis de participación política o crisis de motivación en la ciudadanía, la crisis de las estrategias de cambio social basadas en el marxismo o la idea de revolución social sistémica, así como el auge de enfoques liberales basados en el pluralismo, el multiculturalismo y la descentralización. Otros conceptos que han sido utilizados para describir este periodo son: capitalismo tardío, capitalismo multinacional, capitalismo líquido; sociedad posindustrial, sociedad de los mass media, sociedad de la información, sociedad del espectáculo, sociedad de consumo; modernidad reflexiva, metamodernidad, modernidad alta, hípermodernidad, segunda modernidad, globalización, modernidad líquida.
El posmodernismo es una  corriente de pensamiento estético, filosófico y político guiada por los principios de diferencia, heterogeneidad, diversidad, fragmentariedad y discontinuidad. En términos filosóficos, denota los enfoques basados en las metodologías de la deconstrucción, la genealogía y la hermenéutica, así como el rechazo a la filosofía del Iluminismo; a los conceptos de razón instrumental, totalidad y sistema. Por otra parte, denota también la filosofía posmetafísica. En el ámbito estético, comporta el  dominio de la cultura pop, en función del creciente proceso de comercialización de la cultura basado en la indistinción entre cultura de élite y cultura popular. Este proceso tiene como correlato la extinción de un establishment academicista en el ámbito estético, así mismo, el abandono  del manifiesto y vanguardia artísticos.  
La posmodernización es el proceso en las sociedades en vías de desarrollo en el que se verifica el tránsito hacía un régimen de acumulación «flexible», el predominio de las tecnologías de la información y la comunicación, las cuales son fundamentales para la lógica del desarrollo del capitalismo tardío multinacional. Por otra parte, denota la articulación de una sociedad de consumo y la consolidación del Estado neoliberal por medio del proceso de privatización y desregulación de sectores de la economía, llevando a su fin a las políticas económicas de corte keynesiano, es decir, el fin del Estado benefactor. De este modo, la posmodernización no es un proceso etnocéntrico, ya que se ha verificado en naciones en América Latina y Europa del Este, principalmente a través de las políticas de ajuste impulsadas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial desde la década de 1980.

       Bibliografía consultada

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[1] No obstante, Wellmer advierte que esta analogía puede resultar en parte engañosa, ya que en un dibujo encriptado el observador puede descubrir esto o aquello en un juego en el que lo ambiguo se encuentra dentro del fenómeno óptico. En cambio, en aquella constelación espiritual que es la posmodernidad, aun  si la ambigüedad estuviera localizada en el fenómeno mismo, el observador no está situado externamente al dibujo, sino que estaría formando parte de él, por lo que no podría observarlo en su totalidad. Lo que Wellmer quiere decir es que no puede decirse nada revelador acerca de la posmodernidad a no ser que se haga desde una perspectiva teórica que al mismo tiempo ofrezca una imagen o representación del presente. Lo que me parece importante de esta metáfora empleada por Wellmer, es que denota la complejidad de esa constelación compuesta por una heterogeneidad de conceptos y formas de pensamiento que giran en torno al prefijo pos (Wellmer 1993: 52). Por otra parte, la palabra inglesa puzzle ha sido castellanizada como puzle. De acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española, sólo posee una acepción o significado: rompecabezas (juego).
[2] “El posmodernismo es un fenómeno tan variado que todo lo que se asegure de una obra está casi destinado a ser falso en otra”; “Si el posmodernismo cubre todo, desde el punk rock hasta la muerte de la metanarrativa, desde las revistas de historietas hasta Foucault, entonces resulta difícil ver cómo un único esquema explicativo puede llegara a hacer justicia a una entidad tan raramente heterogénea” (Eagleton,  1988:13 y 45, respectivamente)
[3] Lyotard señaló que esta obra se concibió como un informe del saber en las sociedades más desarrolladas, propuesto al Counseil des Universités del gobierno de Quebec. En este sentido comenta que es un escrito de circunstancias (1998a:11). No obstante, su importancia en la consolidación del paradigma de la posmodernidad es fundamental. Anderson señala que tres años antes de la publicación de esta obra Lyotard había asistido a un simposio organizado por el teórico literario Ihab Hassan, quien en 1971 fue uno de los primeros en adoptar teóricamente la noción de posmodernidad, aunque en términos estrictamente estéticos como veremos más adelante. Por otra parte, para Anderson, esta obra realizada por encargo oficial, es una guía poco fiable para captar la postura intelectual más general de Lyotard, ya que una de las cuestiones centrales a la que la obra se limita es el destino epistemológico de las ciencias naturales, un tema en el que Lyotard era un lego y, en este sentido, Anderson cita una confesión realizada posteriormente por aquél en una entrevista: “Me inventé historias, me refería a una cantidad de libros que nunca había leído, y por lo visto eso impresionó a la gente; todo eso tiene algo de parodia […]. Es simplemente el peor de mis libros, que son casi todos malos, pero éste es el peor.” (Anderson, 2000:40). Ahora bien, consideremos que esta declaración contiene una buena dosis de ironía y espíritu lúdico, típico en la obra de Lyotard: Como presunto filósofo y escritor, confieso que no tengo posibilidad alguna de evitar ser un impostor” (1992:20). En este sentido, en la misma introducción a La condition posmoderne, Lyotard realiza una aclaración que Anderson no considera ni cita: “Queda añadir que el informador es un filósofo, no un experto. Éste sabe lo que sabe y lo que no sabe, lo sabe aquél. Uno concluye, el otro interroga, ahí están dos juegos del lenguaje.”   
[4] Respecto a la relación de los diversos campos de conocimiento con la narrativa, Habermas afirma: “Pero tampoco el pensamiento conceptual, ni siquiera en los ámbitos de la filosofía, de las ciencias sociales y humanas, e incluso en la física, mantiene el lenguaje teórico su autonomía frente a los elementos figurativos, metafóricos e, incluso, míticos. No hay una lengua exclusivamente conceptual” (1988:47); “Ya sabemos, al menos desde la obra de Mary Hesse, que también el lenguaje de los científicos está recorrido por metáforas […]” (1988:194). En este sentido, Vásquez Rocca (2006:46) considera que el interés por lo literario y artístico no tiene porque implicar un apresurado abandono del modelo discursivo y analítico característico de la filosofía, sino el acceso a un punto de vista más completo, otro límite crítico. Sostiene la tesis de que la «estetización generalizada», constituye una revitalización para la filosofía, trascendiendo el ámbito restringido designado por el paradigma cientificista y la tradición moderna. La tesis entorno a una «estetización generalizada» es uno de los motivos de la crítica al posmodernismo (véase el capítulo tercero de este trabajo).
[5] Perry Anderson señala que la noción de las metanarraciones fue formulada por primera vez por Lyotard en su obra Instructions païennes (1977). En el origen este término se refería a una metanarración «maestra»: el marxismo (2000:44). En La condition posmoderne, como vemos, se extiende el catálogo de metanarrativas de la modernidad. Por otra parte, Erich Fromm reflexionó en la década de 1950 acerca de la Gran promesa de progreso ilimitado, propio de la sociedad industrial moderna: “la promesa de dominar la naturaleza, de abundancia material, de la mayor felicidad para el mayor número de personas, y de una libertad personal sin amenazas.” (2006:21). Esta Gran promesa es lo que Lyotard llama Grand relato
[6] Vásquez Rocca (2011: 67) define a los metarrelatos como: “las verdades supuestamente universales, últimas o absolutas, empleadas para legitimar proyectos políticos o científicos. Así por ejemplo, la emancipación de la humanidad a través de la de los obreros (Marx), la creación de la riqueza (Adam Smith), la evolución de la vida (Darwin), la dominación de lo inconsciente (Freud), etc. […]. El metarrelato es la justificación general de toda la realidad, es decir, la dotación de sentido a toda la realidad.”
[7] Fromm señaló una serie de problemáticas que se exteriorizaron claramente a fines de la década de los cincuenta, las cuales comportaron el fracaso de la Gran promesa: pobreza, el desastre ecológico, burocratización,  manipulación de la opinión pública a través de los medios de comunicación y riesgo de una confrontación nuclear (2006: 22).
[8] En lógica proposicional, [un functor es un] signo que enlaza las proposiciones entre sí, como por ejemplo la disyunción débil (v), el bicondicional (↔) o la barra de Sheffer (|). También recibe el nombre de conectiva o constante lógica. No obstante, el concepto de functor es mucho más amplio que el de conectiva, ya que, al estar vinculado al concepto de función, hace referencia a operadores semánticos también presentes en otras ramas de la lógica, como la lógica de clases o la lógica de predicados. Así, pues, además de las conectivas, también son functores los operadores (la unión, la intersección, la complementación), los relatores (la predicación, la pertenencia, la inclusión, la equivalencia) y los functores determinativos (el descriptor y el abstractor)” (Véase Enciclopedia Filosófica Symploké, la voz “Functores” [en línea], <http://symploke.trujaman.org/index.php?title=Functor>). Gilles Deleuze y Félix Guattari dicen al respecto que “el objeto de la ciencia no son conceptos, sino funciones que se presentan como proposiciones dentro de unos sistemas discursivos. Los elementos de estas proposiciones se llaman functores. Una noción científica no se determina por conceptos, sino por funciones o proposiciones. Se trata de una idea muy variada, muy compleja, como ya se desprende del empleo respectivo que de ella hacen las matemáticas y la biología; sin embargo esta idea de función es lo que permite que las ciencias puedan reflexionar y comunicar. La ciencia no necesita para nada a la filosofía para llevar a cabo estas tareas. Por el contrario, cuando un objeto está científicamente construido por funciones, un espacio geométrico por ejemplo, todavía hay que encontrar su concepto filosófico que en modo alguno viene implícito en su función. Más aún, un concepto puede tomar como componentes los functores de cualquier función posible sin adquirir por ello el menor valor científico, y con el fin de señalar las diferencias de naturaleza entre conceptos y funciones” (Deleuze y Guattari, 2003).
[9] “[…] el ocaso de  los discursos universalistas (las doctrinas metafísicas de los tiempos modernos: los discursos del progreso, del socialismo, de la abundancia, del saber”  (Lyotard, 1991: 11). Como veremos en el capítulo tercero de esta investigación, Habermas considera que no debe resultar extraño que teorías como las de Lyotard ganen influencia, en razón de lo que este filósofo alemán considera el agotamiento de las energías utópicas ante el fracaso práctico en el siglo XX de las esperanzas basadas en el papel de la ciencia, la técnica y la razón articuladas en el siglo XIX (véase Habermas, 1988: 116).
[10] Lyotard analiza esta cuestión en relación con la pragmática de los relatos populares del pueblo cashinahua (1998a: 47 y 1999: 42-43; 55-57).
[11] "El saber es y será producido para ser vendido, y es y será consumido para ser valorado en una nueva producción; en los dos casos, para ser cambiado”  (1998a: 16).
[12] “La historia, lo opuesto a la historia con minúscula, es un asunto teleológico para el posmodernismo”; “Una rama del posmodernismo ve la historia como un asunto en constante mutación, exuberantemente múltiple y de final abierto, una serie de coyunturas o discontinuidades que sólo una violencia teórica puede juntar en la unidad de una narración única.” (Eagleton, 1998: 77 y 78, respectivamente).
[13] De acuerdo con David Harvey en la obra de Lyotard encontramos más de un indicio que el modernismo ha cambiado porque “han cambiado las condiciones técnicas y sociales de la comunicación” (2004: 68). Veremos que en la obra de Vattimo, este cambio en el mundo de la comunicación como génesis de la posmodernidad es absolutamente central.
[14] Perry Anderson (en la introducción a Fredric Jameson (2002), El giro cultural. Escritos seleccionados sobre el posmodernismo 1983-1998, Manantial, Buenos Aires, pp. 11-14).
[15] En Francia el neomarxismo fue sujeto a un proceso de posmodernización, habiendo tenido su expresión en la New Left Review, que bajo la influencia de Michel Foucault y Lyotard comportó un fin de las esperanzas revolucionarias y la despedida definitiva del sujeto revolucionario. Se transitó entonces del neomarxismo al posmarxismo (Von Beyme, 1991: 121). No obstante, aquí veremos que la obra de Jameson es crítica de la corriente posmoderna francesa.
[16] De acuerdo con Ian Chilvers el arte pop (pop art) es un término acuñado por el crítico inglés Lawrence Alloway para designar al movimiento que se desarrollo de 1950 hasta comienzos de 1970 en Gran Bretaña y Estados Unidos, centrado en la imaginería del mundo del consumo y la cultura popular. Una característica del arte pop fue el rechazo a cualquier diferenciación entre el buen y el mal gusto. Chilvers comenta que inicialmente en los Estados Unidos se consideró al arte pop como una reacción frente al expresionismo abstracto. En Estados Unidos, la representación más importante de esta corriente son las serigrafías de Andy Warhol, representando latas de sopa y  las pinturas basadas en los cómics de Roy Lichtenstein (Chilvers, 2007: 754).
[17] Jean-Luc Godard es típico representante vanguardista y progresivamente –a  partir de 1967-68– pasa de un radicalismo formal (característico de la ola francesa del “Nouvelle Vague” en los años de 1950-1960) a un radicalismo político (al tipo de “cine militante” proclive al maoísmo) compartido por otros cineastas como el polémico Roman Polanski (nacido en París, de ascendencia polaca y con ancestros judíos) y el francés François Truffaut (el iniciador del movimiento “nouvelle vague”, crítico del academicismo y convencionalismo del cine francés de mediados del siglo XX).
[18] La “nueva novela” (nouveau roman) francesa de Alain Robbe-Grille, Nathalie Sarraute, Claude Simon, Michel Butor y Samuel Beckett, que Jean Paul Sartre calificó como “antinovela”, ha sido un intento de reinvención de la historia a partir de estructuras discursivas organizadas por métodos de composición numérica-geométrica, y que fue una novedad en la segunda mitad del siglo XX, y aún continúa como tal en la obra de autores como Michel Tournier, Georges Perec y Michel Houellebecq (al respecto, véase Jameson, 2002: 17); más sobre el tema en el libro de Leo Pollmann, Nueva novela en Francia y en Iberoamérica, Gredos, España, 1971.
[19] Harvey adopta el enfoque de la escuela de la regulación, la cual entiende al régimen de acumulación como un periodo estable entre la acumulación y el consumo, como una correspondencia entre las condiciones de producción y las condiciones de reproducción de los asalariados. El régimen de acumulación, implica un modo de regulación, que significan las normas, leyes y hábitos que garantizan la unidad del proceso de producción y su estabilidad durante un determinado periodo. Harvey pondera estos términos por su valor heurístico (2004: 144). Por otra parte, comenta que en 1914 inició simbólicamente el fordismo, cuando Henry Ford estableció la jornada  de cinco dólares y ocho horas en Michigan. El régimen de acumulación fordista, implicó la constitución de un nuevo tipo de sociedad racionalizada y modernista, basada en el consumo masivo
[20] “Esto implicaría que el sistema financiero ha alcanzado un grado de autonomía de la producción real sin precedentes en la historia del capitalismo, que de esta manera entra en una era de riesgos financieros igualmente sin precedentes.” (Harvey, 2004: 218). En efecto han ocurrido importantes crisis del capitalismo financiero neoliberal durante la década de 1990 y la primera del siglo XXI, la más reciente la crisis financiera originada en Estados Unidos en 2008 a raíz de la especulación en el sector inmobiliario.
[21] Siguiendo la tesis de Jameson, identifica al modernismo alto como la estética propia del establishment que ejerció hegemonía después de 1945: “La gran literatura modernista de Joyce, Proust, Eliot, Pound, Lawrence, Faulkner –juzgada alguna vez como subversiva, incomprensible o perturbadora- fue canonizada por el establishment (en las universidades y revistas literarias más importantes)” (2004: 53, cursivas de Harvey).
[22] “La llegada de lo posmoderno ha instalado el dominio de las imágenes como nunca antes(Anderson, 2000: 156).
[23] Esta distinción es hecha por Lyon con un propósito análitico, con un carácter aproximativo, ya que señala que lo cultural es indisociable de lo social. 
[24] Esta caracterización de la temporalidad como aceleración o fugacidad es fundamental en el concepto de sociedad liquida de Zygmunt Bauman. Conceptualmente Bauman rechaza la noción de posmodernidad, optando por el término modernidad líquida. (Veáse Bauman, 2006 y el último capítulo de este trabajo).
[25] Característico es el modelo pospanóptico de poder descrito por Bauman o el Imperio de Hardt y Negri. La posmodernidad también ha dispuesto una fluidificación del poder, en este sentido, el modelo de poder liquido de Bauman es representativo (Véase Hardt y Negri, 2002; Hardt y Negri, 2004).
[26] En el caso de Richard Rorty, ha sido puesto en entredicho su comprensión dentro de esta corriente, y ni siquiera él estaba interesado en descifrar el significado preciso de “posmoderno” (Fortanet, 2005), no obstante, algunos lo encasillan como un pensador que comulgó con el discurso posmoderno para abandonarlo tempranamente (Rivera, 2011), al negar a la filosofía toda fundamentación metafísica y ontológica, por lo que se le ha reconocido como un “pragmático posmoderno”.